Historia de la muerte del general Emiliano Zapata (Corrido). 8. Testimonio Musical de México, volumen 26, tomo II

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Historia de la muerte del general Emiliano Zapata (Corrido). 8. Testimonio Musical de México, volumen 26, tomo II

Después de aquel apóstol, Don Francisco I. Madero, del Plan de Ciudad Juárez , ingrato, se burló; al ver hecho un despojo, caído por el suelo, ese estandarte honroso, que repudió altanero, el pobre campesino al fin lo levantó. Ese fiel campesino, el inmortal suriano, que indómito peleaba por el Plan de San Luis, al ver que su caudillo había ya claudicado alzó valiente y digno ese pendón sagrado, siguiendo con las armas, luchando hasta el morir. Fue Emiliano Zapata, el hombre sin segundo, que ante la plutocracia su diestra levantó; fue un ángel de la Patria, un redentor del mundo, que, por su humilde raza, duerme el sueño profundo en los brazos de Vesta por voluntad de Dios. Al ver la tiranía que contra los aztecas los blancos dislocaban, siguió a un falso líder; tiró a Porfirio Díaz luego siguió con Huerta, peleó con bizarría contra las hordas necias del infeliz Carranza, donde llegó a caer. Como los propietarios de este jirón de tierras, compraron los gobiernos con oro nacional; para que el proletario nunca libre se viera, teniendo un solo amo y una simple miseria, ganando en los ingenios un mísero jornal. Por eso es que Carranza le dio a Pablo González el mando de las fuerzas del Sur, sin vacilar, para que de Zapata murieran los ideales; pues vio que de su Esparta sólo podría salvarle, por ser de más astucia que valor militar. Hombre de mucho ingenio, él y Jesús Guajardo para esgrimir el arma de las más vil traición, pues de pronto se hicieron unos improvisados rivales, al extremo que dispuso don Pablo de que al fin se arrestará a Guajardo en la prisión. Luego salió de Cuautla la cándida noticia que Guajardo y don Pablo se odiaban con furor; entonces Emiliano sin pérdida lo invita creyendo que el pirata constitucionalista, como al fin resentido, obraría a su favor. Guajardo le contesta que dispuesto se hallaba a secundarlo siempre, si el perdón le ofrecía; Zapata en su respuesta tan fiel entusiasmado dijo: Con esta fecha queda garantizada, su vida y, al presente, su misma jerarquía. Después de esto, le ordeno que sin pretexto alguno me aprenda a Vitorino por ser un vil traidor, y me lo mande luego pero muy bien seguro que soportar no puedo a ese falaz perjuro que ha pisoteado, indigno, su palabra de honor. Pero Guajardo, a trueque de Bárcenas, le entrega sesenta voluntarios de su brigada de él, contestándole al jefe: Su orden no se lleva a efecto estrictamente porque, según las pruebas, que Bárcenas fue enviado en comisión tal vez. Y ese acto de barbarie ilusinó a Zapata, lo hizo caer al fondo de la credulidad, aliándose a un infame que atraído por su audacia premeditó los planes de alevosía y ventaja, para acabar al golpe de una traición falaz. Luego viendo el efecto que produció en Zapata, esa ocasión funesta, le dijo con placer: Con el mayor respeto, le pido a usted, por gracia, que me otorgue el derecho de tomar una plaza, y esa plaza, en cuenta, es Jonacatepec. Zapata contestóle: Le otorgo a usté esa gracia y puede usté tomarla con mucha precaución; pero aquel hombre noble no vio que era una farsa, de cómicos histriones pagados por Carranza para que el Plan de Ayala muriera en su extensión. El fuego fue nutrido por una y otra parte en ambos combatientes mostraban el furor; pero lo más lucido fue que en tan cruel desastre ni un muerto ni un herido resultó en el combate; los proyectiles siempre obraban a favor. De ahí, como un Esparta, marchó hacia Tepalcingo, después del simulacro que cruel premeditó; y el general Zapata, aquel digno caudillo, sobre su encuentro marcha con gusto a recibirlo felicitando, grato, su indómito valor. En medio de alborozo y vítores del pueblo entró el jefe y Guajardo con gran satisfacción; después de un fiel reposo Guajardo fue el primero que marchó presuroso, cual Napoleón Tercero, a San Juan Chinameca, fraguando su traición. Guajardo al separarse del gran Jefe suriano a San Juan Chinameca con gusto lo invitó para obsequiarle parque, que traiba de antemano; pero en sus negras frases sólo se veía el engaño envuelto en su siniestra política de horror. Al otro día Zapata marchó hacia Chinameca con ciento cincuenta hombres de escolta nada más, a donde lo esperaba Guajardo con firmeza, un viernes por desgracia, el diez de abril por fecha, con seiscientos dragones para su acción falaz. Del agua de los patos, según dan referencia, llegó el jefe Zapata con una escolta fiel; según ligeros datos a las siete y cuarenta en un pequeño cuarto contiguo hacia la hacienda Guajardo y otros jefes se reunieron con él. Para no errar el golpe Guajardo urdió la espúrea noticia que el gobierno se acercaba veloz; ocupan luego entonces sus hombres las alturas los barrancos y montes, con la mayor premura, tapando las salidas con mucha precaución. Zapata remontóse a la piedra encimada mientras el vil Guajardo su gente disponía; todavía el Iscariote le dice que ordenara si es que salía al galope llevando una avanzada de gente de a caballo o pura infantería. Hay muchos alambrados y la caballería, con tales circunstancias, no se podrá batir; mejor lleve soldados de pura infantería que el éxito ganado será por su hidalguía mientras yo a retaguardia me quedo a combatir. Luego cesó la alarma, todo quedó tranquilo, era el último acto de aquel drama fatal; mandó que lo invitaran el capitán Castillo para que le entregara el parque prometido aquel noble espartaco marchó sin vacilar. Le dijo a su asistente: Ve y tráeme mi caballo, que el coronel me llama a su cuartel de honor. Con diez de sus jinetes se fue a ver Guajardo, que siempre los valientes no temen al menguado porque su escudo de armas sólo es el pundonor. Cuando tuvieron nota que el general llegaba, la banda de clarines le dio el toque de honor, la guardia presurosa al verlo presentó armas, luego se oyó la odiosa y fúnebre descarga, cayendo el invencible Zapata. ¡Oh qué dolor! Guajardo se soñaba el ser un Alejandro cuando vio a aquel suriano tendido hacia sus pies; mandó que atravesado su cuerpo en un caballo para que se llevara como trofeo alcanzado a Cuautla y se premiara su negra avilantez. Al ver Pablo González llegar al vencedor trayendo al que luchaba constante y varonil; ¡oh, cuántas atenciones al fin le prodigó!, condecorando, innoble, su astucia y cruel valor porque su limpia espada nunca supo medir. Varios hombres lloraban al ver el triste fin del hombre que luchaba por un bien nacional; las mujeres trocaban en rabia su gemir, al ver la declarada traición de un hombre vil, que hablarle cara a cara no pudo en lance tal. Los guachos altaneros bajaban por las calles burlándose falaces del pueblo espectador: Hoy sí, hijos de Morelos, ya se acabó su padre; bien pueden ir a verlo e identificarle. Guajardo, en tal combate, peleando lo mató. Zapata fue el bandido por la alta aristocracia mas a la vez ignoro su criminalidad; en su panteón lucido un ángel se destaca, trayendo así en su mano, un libro lee entusiasta: La tierra para todos y el don de Libertad. El año diez y nueve, el diez de abril por fecha, murió el jefe Zapata como bien lo sabrán, del modo más aleve en San Juan Chinameca, a la una y media breve, de esa tarde siniestra, dejando una era grata así a la humanidad.

El corrido de don Marciano Silva, que circuló en hojas sueltas, es interpretado por Mauro Vargas y su hijo Ignacio; la versión actual se apega al texto original, salvo leves modificaciones.

Data Sheet
Title Historia de la muerte del general Emiliano Zapata (Corrido). 8. Testimonio Musical de México, volumen 26, tomo II
Type object Grabación de audio, Música, Corrido
Institution Instituto Nacional de Antropología e Historia
Credits Silva, Marciano (composer), Vargas, Mauro (singer), Vargas, Ignacio (singer)
Available formats JPG
Identifier oai:mexicana.cultura.gob.mx:0014137/0093679
View original record http://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/musica%3A208

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